sábado, 25 de agosto de 2012

Toros, paella y OLÉ


Spain is different, o al menos eso dijo el entonces ministro de Franco, Manuel Fraga, para promocionar el sol, la paella, los toros y la siesta ante una Europa vecina que prosperaba a pasos agigantados.

A veces parece inevitable asistir a retrocesos en conquistas de carácter social o cultural, ya sea en la ley del aborto o en temas que afectan a la fauna, en este caso al toro, o más bien a las personas que fomentan el espectáculo trágico de su agonía y muerte, personas, a las que respeto por su condición humana, a pesar de que apoyen una tortura animal o, dicho de otra forma, una animalada.

Hace tan solo unos días se ha hecho público que las corridas de toros vuelven a RTVE por su “interés de carácter general”, en un alarde de casposismo supino que, arrebata del baúl de los recuerdos, nuestra idiosincrasia más polvorienta y desmedida, la que tiene que ver con la crueldad, el sufrimiento y las más bajas pasiones, es decir, las del placer ante la sangre.

Resulta paradójico que aquellos que defendemos que no se acometa la barbaridad que resulta del espectáculo de las corridas de toros seamos los “antitaurinos” y  que aquellos que hacen espectáculo y gozan de la agonía y del lamento del noble animal sean los “taurinos”. Sin embargo, una vez más, ante estos “taurinos victoriosos” que se adjudican la medalla de haber hecho retroceder a España por medio del Ente público con la retrasmisión de las corridas a través de la televisión, tenemos la responsabilidad de alzar una bandera que en lugar de dividirnos debería aunarnos bajo su causa, esta es, la bandera de la dignidad.

Debemos preguntarnos si queremos un país cada día más digno y próspero o si en cambio deseamos un país en el que el divertimento resulte de la ceremonia del martirio, el suplicio, el tormento, la aflicción, la angustia y la muerte.

Siempre he considerado que un hombre libre es aquel que se hace preguntas y que, a través de la experiencia, logra llegar a conclusiones propias.  La experiencia que hoy debemos poner bajo nuestra perspectiva es la de la historia, la de la evolución de las sociedades que congregaban a sus gentes para asistir a bárbaros espectáculos y que hoy protegen al individuo  y al animal en armónica comunión con el más puro sentido común, el de que todos los seres vivos  son dignos y merecen ser tratados, por tanto, con dignidad.

La televisión pública no puede ser el espejo de aquello que nos empobrece como sociedad, de aquello, que nos hace menos honorables, menos justos con el indefenso; de aquello, que nos hace menos humanos y, por desgracia, más animales.

Pedro I. R.